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Bar, El Cruce - por Pilar (marazul)R.
Camina con una ligera cojera, la que le ha quedado después del accidente. Se palpa el bolsillo para comprobar que lleva el recorte con la fotografía.
Aunque no recuerda haber ido por esa carretera, la foto del periódico no miente. En ella se le ve apoyado en el coche siniestrado con las puertas abiertas, restos del otro coche y un desconocido que le ofrece un pañuelo para limpiarse la sangre de la frente. En el maletero, abierto de par en par, una bolsa de color oscuro.
Pérdida de memoria transitoria, le diagnosticó el médico.
Y luego está esa carta que recibió unos días después con un mensaje inquietante:
"Se acaba el tiempo, entréganos el dinero".
Confundido, acudió a la sede del Periódico donde le confirmaron la veracidad de la foto hecha por el periodista local que cubrió el accidente de tráfico ese día.
Todo encajaba, la fecha, él herido, el coche y aquella bolsa marrón dentro del maletero abierto que la policía nunca le entregó, pero que según ellos no se encontró en el interior del coche.
¿Entonces, quién se llevó la bolsa? ¿Alguien que pasaba por allí? ¿Los mismos policías o los servicios que les atendieron?
Pillado en su propia trampa, Fredy se sintió atrapado entre la espada y la pared.
Tuvo que ampliar la foto al máximo con una lupa digital; así pudo distinguir, a través del espejo retrovisor de otro coche cercano, la figura de un hombre de baja estatura con una bolsa en la mano que entraba en el bar de la esquina, El Cruce. El individuo llevaba una gorra puesta al revés en donde se podían leer las iniciales JK y el logo de un muñeco que parecía un pato.
Con estos datos, y sin que pueda intervenir la policía, Fredy, sintiéndose presionado por el clan mafioso, no tuvo otra salida que actuar por su propia cuenta.
Al entrar huele a limpio, a esa mezcla de vinagre y sosa que se utiliza para limpiar la plancha de la cocina. El turno de comidas parece que ha terminado y el local está vacío.
—¡Ladrón, Tino, ladrón!
—¿Quién es, qué ocurre? ¿Hay alguien ahí? —se sorprende Fredy.
Del interior de la cocina sale un hombre pequeño que se seca las manos con una bayeta.
—No haga caso a ese loro mentiroso. ¿Qué va a ser?
—Póngame un café solo —dice buscando la jaula—. ¡Vaya con el loro!
Ante el silencio del hombre que de espaldas prepara el café, echa una ojeada a todo el local. Su mirada se detiene en el perchero de donde cuelgan una cazadora y una gorra con las iniciales JK y el dibujo de un pato.
Fredy con los nervios al límite se dirige hacia la puerta, le da la vuelta al cartel de "Abierto" para poner "Cerrado", luego gira la llave con un chasquido seco.
Con gesto amenazador se apoya en la barra mostrando unos fuertes brazos tatuados.
—¡Dame la bolsa con el dinero que me robaste, enano! O te arranco la cabeza.
—Pero, ¡qué bolsa! ¡De qué me habla! —dice entre asustado y extrañado.
—¡No te hagas de nuevas, puto enano! La que me robaste del coche en el accidente de hace unos días. ¡La quiero ya! —grita lanzando un vaso lleno de ceniza contra las botellas del expositor.
—Tranquilo —dice el hombre aterrorizado con los brazos en alto—, eso es fácil de arreglar. Cálmese, amigo.
Con un brazo en alto, Tino enreda con el otro debajo del fregadero. Allí, dentro de una caja de herramientas de acero saca una bolsa de cuero marrón. Sabe que el acero actúa como bloqueador del dispositivo de rastreo.
Dominado por las prisas, Fredy, mete la mano en la bolsa para palpar los billetes.
—Espero que esté todo, renacuajo de mierda. Como tenga que volver te voy a pisar como a una colilla, —dice, apuntándole con el dedo a modo de revolver—. ¡Pum, Pum!
Tino, con sorna contenida, intenta disimular pasando el trapo por la barra con toda la calma del mundo. Sabe perfectamente lo que lleva pegado al forro interior.
Le ve salir con la bolsa, sin mirar atrás.
¡Pum, Pum…! Se escucha el chillido del loro mientras agita las alas.
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