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Espérame - por AnaR.+18

El amanecer lo encontró acurrucado entre los helechos, hundido en la espesura que se había convertido en su refugio improvisado. La humedad de la selva era sofocante, la ropa se le pegaba al cuerpo y gotas de sudor perlaban su frente. Pero nada de eso le importaba, de hecho, ni siquiera se había dado cuenta. Tenía la mirada completamente perdida entre los árboles, sin mirarlos, sin registrarlos siquiera, su cuerpo en una quietud antinatural. La llamada de un ave retumbó en el silencio, y eso pareció activarlo. Parpadeó y miró confuso a su alrededor. ¿Dónde estaba? Bajó la mirada a sus manos, que descansaban en su regazo y vio que sostenía un zapato ensangrentado, aferrado con fuerza, los nudillos blancos por el esfuerzo. El zapato era de satén rosa, con un pequeño tacón y un delicado lazo, ahora arruinado por la sangre. Junto a su pierna, en el suelo, yacía un revólver. La visión del zapato provocó que sus pupilas se dilataran de terror y su boca se desencajó en un grito mudo, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. El horror vivido la noche anterior volvió de golpe: los gritos en la oscuridad, el olor nauseabundo a carne y pólvora… la culpa. Sintió una violenta náusea y vomitó lo poco que tenía en el estómago. Se levantó trastabillando, agarró el revólver en una mano y el zapato en la otra y se abrió paso en la maleza, sin rumbo fijo.
No sabía cuánto tiempo había pasado, no sabía cómo había llegado allí, pero la siguiente vez que recuperó algo de lucidez se encontró rodeado de madera astillada. El olor a vegetación húmeda de la selva se había convertido en olor a salitre. Sus pies se hundían en una arena dorada y fina mezclada con restos de ceniza, y el sol se filtraba a través de los desvencijados tablones del techo. Estaba de vuelta en el barco, o en lo que quedaba de él.
Luchó contra la niebla que le embotaba los sentidos y se esforzó por enfocar la vista. Sus ojos se posaron sobre una maleta semiabierta bajo una mesa. Se agachó, la abrió con manos temblorosas y comenzó a sacar su contenido, a ciegas, con rapidez, como si estuviera buscando algo, aunque no sabía qué era. La mayor parte era ropa, un sombrero, un peine, un pequeño espejo de mano, varios libros… Un papel se deslizó de entre las páginas de uno de ellos. Lo sostuvo frente a su rostro, parpadeando confusamente. Era una fotografía. Parecía reciente, con el borde un poco desgastado. En ella, una pareja sonriente posaba para la cámara. El hombre rodeaba la cintura de la mujer, que le abrazaba con ternura. Al fondo, un idílico lago y un templete de estilo clásico completaban la escena.
No tenía ningún recuerdo de ese lugar, era la primera vez que lo veía en su vida, pero el hombre… era él, reconoció su propio rostro. Al mirar a la mujer sintió un profundo amor, mezclado con una desgarradora tristeza. En el fondo de su memoria los gritos comenzaron de nuevo, la sangre, el horror. No, no era ella, no podía ser ella, pero debía ser importante, ¿verdad? Lo sentía como importante, como algo trascendente, como si tuviera delante la clave, la llave que abriría su mente fragmentada. Al reverso de la fotografía, dos palabras escritas con una caligrafía delicada: “Volveremos. Espérame.”
Volvió a mirar el rostro de la mujer y de nuevo sintió como la angustia volvía a atenazarle las entrañas, el horrible grito mudo amenazaba con volver. Cerró los ojos con fuerza y se esforzó por silenciarlo, por empujar los recuerdos que amenazaban con aflorar desde lo más profundo de su conciencia, su rostro encogido en un rictus por el esfuerzo. De pronto tuvo la solución, una nueva certeza se abrió paso en su mente, acallando todo lo demás: iba a volver, solo tenía que esperar.
Se pertrechó en el estrecho camarote, sentándose en el suelo frente a la puerta colgando de los goznes. Al fondo los sonidos de la selva cobraban vida, sombras amenazantes se deslizaban entre los árboles. Pero nada de esto le amedrentó. Miraba con fiereza hacia la playa, desafiante. El revólver entre las manos, el zapato en su regazo y la fotografía en su bolsillo. Tenía una misión, no importaba cuánto tiempo tardara, no importaba quién se cruzara en su camino.
No había retorno posible, no había futuro posible, solo cabía esperar.

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