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Dos palabras - por AluserR.
Era un domingo más. Decidí hacer limpieza en el estudio. Amontoné libros viejos, archivadores y álbumes de fotografías. Al sacar uno de ellos, una fotografía cayó al suelo. Estaba boca abajo. En el reverso, escrito con tinta envejecida, podía leerse:
«Verano 2004».
Me agaché para recogerla y mi espalda me recordó todos los veranos desde entonces.
Cuando volteé la fotografía, supe inmediatamente quién era y tuve que sentarme. En ella aparecíamos Isabel y yo sonriendo delante de un bar. No recordaba aquel sitio. Miré el cartel sobre la puerta. «El Agaporni». Entonces volvió todo a mi memoria. Isabel llevaba el pañuelo de cuadros azul y blanco que le regalé por su cumpleaños. Cuando abrió el regalo me dijo que no le gustaba. Sin embargo, empezó a ponérselo casi todos los días. El gran amor de mi vida. Hacía tiempo que no pensaba en ella: esos recuerdos siempre se quedaban conmigo demasiado tiempo.
Nos conocimos dos años antes. Una tarde cualquiera. Para mí fue el momento que me marcaría para siempre. Ambos tomábamos el mismo autobús para ir a trabajar. Todos los días la veía subir, aunque nunca habíamos hablado. Isabel siempre se sentaba junto a la ventana y llevaba los auriculares puestos, aunque casi nunca escuchaba música.
Ese día coincidimos en la calle. No nos vimos y chocamos. Después de pedirle mil perdones, nos reconocimos del autobús y comenzamos a hablar de todo y nada a la vez. Me parecía atractiva, pero al hablar con ella sentí una cercanía desconocida. La invité a un café. Tenía la costumbre de reírse antes de terminar las frases, como si supiera de antemano que lo que iba a decir era una tontería. Nos caímos bien y llegó el amor.
Esos dos años fueron los mejores de mi vida.
El verano de la fotografía viajamos a otro país. Al día siguiente de llegar, Isabel recibió la noticia del fallecimiento de un amigo de su familia. Quería volver inmediatamente para asistir al entierro. Yo le dije que no. Habíamos gastado mucho dinero y no pensaba que por un conocido tuviéramos que perderlo todo.
Su infancia había sido difícil: padres separados, cambios de ciudad, amigos perdidos… Aquel hombre había sido especial durante una de esas épocas.
Yo tenía mis motivos. Habíamos gastado una fortuna. Era solo un amigo de la familia. Durante años me repetía esas palabras.
Aquella noche, en la habitación del hotel, discutimos. Ella volvió a España sufriendo por mi falta de empatía. Yo me quedé sufriendo por su falta de sentido común.
No volví a verla.
Aquella despedida en el aeropuerto fue lo último que me quedó de ella: las lágrimas en sus ojos, su mano entre las mías y el amor que todavía sentíamos. Durante años, cada vez que escuchaba despegar un avión, recordaba cómo había soltado mi mano.
Estaba de pie con la fotografía. Mi reflejo en el espejo me hacía sentir solo. Cogí una caja, guardé la foto dentro y la cerré con llave. Dudé si tirar la llave o guardarla. No quería perder la foto, pero tampoco volver a verla.
Hacía unos años que me había mudado a una ciudad mucho más grande. Una ciudad donde era anónimo. Me puse mi abrigo, me envolví con una bufanda y salí a pasear.
Anduve hasta que mis pies no quisieron seguir. Di la vuelta para volver a casa. Al pasar frente a una cafetería, algo me hizo detenerme.
No fue su rostro. Al principio solo vi su perfil. La forma de inclinar la cabeza. La mano junto a una taza. Habían pasado treinta años, pero reconocí aquella mano antes que sus ojos.
Isabel.
Estaba sentada frente a un hombre, con dos niños a su lado. Llevaba puesto el pañuelo de cuadros azul y blanco.
La miré durante unos segundos. Ella sonreía mientras uno de los niños le enseñaba algo. No parecía triste. No parecía esperarme. Y, por primera vez en más de veinte años, eso no me dolió. Bajé la mirada y seguí caminando. Al llegar a casa saqué la vieja caja del armario. La llave seguía allí. Abrí la caja y saqué la fotografía. Esta vez no la guardé. La dejé sobre la mesa. Me quedé mirándola durante unos segundos. Isabel sonreía con aquel pañuelo que nunca le gustó.
Entonces comprendí que había estado recordando aquella despedida como si hubiera sido el final de nuestra historia. No lo fue. El final había ocurrido mucho antes. En una habitación de hotel, cuando fui incapaz de decir dos palabras.
Lo siento.
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