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El hombre de la fotografía - por Nadir
Los ocres fluían en meandros día tras día a través de la ventana. Al otro lado, las hojas de un solitario arce real iban cambiando de dorado miel a oro viejo con ribetes ocres y marrón canela. Algunos arbustos alicaídos enmarcaban sumisos el cansado leño.
Movió la mano temblorosa lentamente. Apartó el tubo enganchado a la vía que tenía pinchada y pulsó el botón del respaldo de la cama articulada. Este se elevó con un zumbido mecánico. Su mano arrugada y huesuda alzó, como un suspiro, una vieja foto amarillenta.
En la imagen aparecía un hombre joven vestido con pantalones de pana marrones, camisa de cuello ancho y chaqueta de ante. Remataba el conjunto con unas gafas de pasta de montura gruesa y un mostacho dominante. A su lado, una mujer con un vestido corto estampado apoyaba la cabeza en su hombro. Él le rodeaba la cintura mientras sostenía la mano de una niña pequeña. La niña llevaba un vestido de flores, calcetines hasta las rodillas y zapatos de charol. Se refugiaba entre las piernas de su padre mientras alzaba una mano hacia él.
En la parte inferior podía leerse: «Salamanca, 1973».
Al fondo se alzaba una fachada plateresca cubierta de relieves, escudos y figuras, como un encaje de piedra dorada.
Recordaba perfectamente aquel día de octubre de 1973. Recordaba cómo el sol de la tarde resbalaba sobre la piedra suave y luminosa. Recordaba que habían ido a Salamanca y habían paseado por la Plaza Mayor.
¿Se llamaba así?
Recordaba sobre todo la sensación de plenitud, de fuerza, de energía imparable.
Volvió a mirar la fotografía. Estaba descolorida y una arruga cruzaba la esquina inferior.
¿Pero realmente habían ido a comer?
Siempre lo había tenido claro. Se lo había repetido, incluso gritado, a su mujer y a su hija antes de que lo dejaran solo. Habían comido en un restaurante cerca de la Plaza Mayor. Veía un mantel blanco. Percibía el olor de la carne asada.
Pero el nombre del local había desaparecido. Intentó atraparlo. Lo tuvo durante un instante. Después volvió a esfumarse. Quizá nunca lo había sabido. Quizá nunca había pasado. ¿Estaba creando recuerdos?
Volvió a mirar la fotografía.
Durante años se había contado la misma historia: una mujer feliz apoyada en su marido, una
niña buscando la seguridad de su padre. ¿Estaba la mujer apoyando la cabeza en su hombro o
era él quien se inclinaba hacia ella? ¿Estaba su hija dándole la mano o era él quien la
sujetaba? Solo sabía una cosa. Que ambas se habían ido.
Se acercó la imagen al rostro. Sus ojos agrisados, ocultos tras unos párpados pesados, se
detuvieron en aquel hombre que se suponía que era él. Apenas lo reconocía.
Alzó entonces la vista hacia el espejo que tenía enfrente. El cristal le devolvió el reflejo de un
anciano de cabello ralo, cejas encanecidas y ojos hundidos. La boca, floja y entreabierta,
mantenía una expresión permanente de desconcierto. La piel, surcada por profundas arrugas,
descendía lentamente sobre el rostro, como si la gravedad hubiera ido reclamando cada rasgo
con una paciencia implacable.
¿Era realmente él? ¿Cómo podían ser la misma persona? ¿Cómo era posible que aquel
hombre firme y seguro de sí mismo fuera el mismo que reflejaba el espejo? ¿Y si tampoco
era él el de la fotografía?
Acercó de nuevo la imagen a sus ojos. El papel temblaba entre sus dedos. El grano de la
fotografía, los colores desteñidos y la arruga de la esquina parecían conspirar contra él.
Encerrado en aquel habitáculo blanco y antiséptico empezó a dudar de todo. La fotografía
permanecía inmóvil. Su mente no.
¿Y si aquella escena nunca hubiera existido? ¿Habían comido? ¿Habían paseado? ¿Se habían
peleado durante el viaje? ¿Era él aquella figura seria tras el mostacho? ¿Estaba recordando o
imaginando? ¿Cuántas veces había retocado el cuadro desgastado de su memoria hasta
convertirlo en otra cosa?
Un sudor frío comenzó a descender por su frente. Su respiración se volvió entrecortada. El
monitor empezó a emitir pitidos cada vez más rápidos. Con los ojos abiertos de par en par
dirigió la mirada hacia la ventana, su única abertura al mundo exterior.
Las hojas doradas del arce seguían desprendiéndose despacio. El tiempo continuaba
caminando con lentitud.
En el cuarto, la puerta se abrió de golpe. Las enfermeras irrumpieron en la habitación con
preguntas aceleradas mientras el monitor seguía gritando.
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