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Seis palabras - por Manuela DilemásR.
Sofía esta rara, como si le faltara el suelo, con un runrún interior que la carcome desde que se ha tropezado con aquel papel en el que aparece junto a unos enormes pedruscos de aspecto terrible. Mira la fotografía como si hubiera caído del cielo, para hacerla dudar de sí misma, nunca ha estado allí. O quizá, el malestar solo se deba a que está demasiado sola, en una casa demasiado grande. O será, que la humedad ha entrado en sus huesos porque llueve desde hace días sin querer escampar. La única compañía que le gusta es la de un buen fuego, así que ha encendido la chimenea aunque todavía no ha terminado octubre.
Perdida en sus pensamientos, se levanta de mala gana cuando aporrean a la puerta. María y Laura han llegado sin avisar y no son bien recibidas. Las deja con mil preguntas en la boca y se escabulle por el pasillo a la velocidad de un guepardo para no explicar por qué lleva meses recluida sin querer verlas. Las dos amigas saben que siempre ha necesitado espacio y un tiempo propios. Suponen que ha ido a acicalarse, suspiran y se acomodan esperando que vuelva.
María se protege sus piernas bajo las faldas de la mesa camilla. Después de dos horas, ante el espejo, probando y descartando vestidos, ha elegido el menos acertado para un día que anuncia la cara más huraña del otoño. Lo sabía, pero es el que mejor le sienta. Con sus amigas, va hecha un pincel, porque si Laura la ve desarreglada, vuelve a sus “no puedes descuidarte”, “cada día nace el sol y es nuevo”, “hay que seguir aunque la vida te fatigue”. Es cansina y en ocasiones arrogante, pero María le está agradecida porque ese apoyo áspero les sacudió, a ella y a Sofía, el alelamiento, en el que cayeron después de perder a Lucas y José. Las sacó del pozo diciendo que ella se hablaba así cuando años antes pasó por el mismo trance y la Laura gandulona quería retenerla en la cama rumiando tristezas. Eran la llave que le encendía las ganas de vivir.
Laura, pícara, señala el reloj, ha pasado demasiado tiempo y Sofía no aparece. Hace un gesto a Laura y ambas se ponen en movimiento.
Ni rastro de ella en la cocina, allí solo encuentran notas pegadas en las puertas de los armarios, con lo que hay en su interior, y un reloj enorme con la fecha, la hora y la estación del año. En el baño tampoco está.
Laura y María, la van llamando por la casa y nadie contesta. Después de unos minutos angustiosos la localizan en su dormitorio, sentada en el canto de la cama, con la vista fija en algo que sujeta entre sus manos. Se acercan con sigilo y respiran aliviadas.
—Oh qué guapas estamos ¿verdad Sofia?
Su amiga, no contesta, solo mira con ojos vacios. Primero a ella, después a María y vuelve la vista a la fotografía. Mueve la cabeza a un lado y otro, mientras las lágrimas le surcan la cara. En esos momentos, Sofía querría pedir auxilio, que le explicaran todo lo que vieron y vivieron en ese viaje y en los muchos años que llevan juntas, pero no se atreve. Descubrirían que le enfermedad que intenta disimular mediante muletillas y evasivas está avanzando rápidamente y cada día se pierde más y más en el abismo de la desmemoria. No quiere molestar a nadie, pero como movida por un resorte, suelta la foto y toma las manos de Laura y María.
—Tengo miedo — dice.
Como un relámpago pasan las tres vidas por las cabezas de Laura y María: se conocieron en el parvulario, fueron inseparables en la adolescencia y se ayudaron entre ellas a salir de las penas, con pequeñas alegrías, muchas veces. La última el año anterior: las tres están sonrientes y felices en medio del Pacifico fascinadas por los moáis. Sin notario, ni ley escrita, ni papeles allí acordaron que vivirían a su aire, sin nadie que las despojara de su dignidad, hasta su muerte. Laura y María comprenden que ha llegado el momento de cumplir porque Sofía ha de permanecer en su casa y con sus cosas todo el tiempo posible. Se miran emocionadas, vuelven los ojos hacia ella y al unísono como si lo hubieran ensayado mil veces, le dicen muy bajito.
—No te preocupes, nosotras te cuidaremos.
Arrastran las palabras, porque sienten la boca llena de ceniza.
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