Literautas - Tu escuela de escritura

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La fotografía - por Carmen SánchezR.

Observó la foto varias veces sin lograr recordar el momento en que fue hecha. Su hermano y ella posan en el corral junto a la burrita Mora y algunas gallinas que picotean distraídas entre las piedras.
El hermano sonríe mientras la niña, algo ruborizada, se abraza a su cintura. La burra mira la cámara con extrañeza y orejas puntiagudas que parecen interpelar al fotógrafo.
Ana rebusca en los resquicios de su cerebro, pasa la vista por la sonrisa abierta de su hermano, por los tímidos ojos de ella, por las piedras amontonadas a sus espaldas que hacen las veces de muro divisorio entre dos cuadras. Por un ventanuco se cuela el morro de la cerda que libre de amamantar a sus crías y observa a los muchachos y envidia a la pollina.
La madre de Ana trajina en la cocina. Prepara la hoguera que inaugura de Navidad. El resto del invierno calientan los espacios con estufas eléctricas porque la madre la detesta, dice que la chimenea no tira bien, que toda la casa se impregna de humo, que las cenizas ensucian la loza…
El fuego comienza a crepitar y la sombras rojizas se cuelan en el cuarto de la niña para formar figuras fantásticas sobre el espejo y las paredes forradas de papel blanco y flores azules. Respira el humo y espera impaciente la llamada de su hermano, ese grito jubiloso que emite todos los años cuando ve danzar el fuego.
‒Ana, levántate, ya está preparado, ya está, ven a verlo.
Y Ana obedece y se levanta y sin calzarse las zapatillas siquiera, corre a la cocina para contemplar la chimenea y el rostro sonrosado de su hermano.
No, continúa en la cama apretada contra las mantas, su hermano no la llama, no debe saber que la chimenea está encendida. El sonido de una llave depositada en el recibidor la saca de su ostracismo, quizás sea su hermano que acaba de llegar y se agazapa esperando su llamada. No merece la pena ver el fuego sin él, sin su sonrisa satisfactoria, sin sus brillantes ojos reflejando la rojiza llamarada.
Quien entra es el padre, reconoce su nueva manera de caminar arrastrando los pies dejando que los zapatos emitan un doloroso chirrido. Se detiene frente a la habitación de la niña y Ana retiene el aliento hasta que vuelve a oír sus pasos alejándose.
En sus oídos resuena su voz inmadura, pasos precipitados avanzando hacia la cocina y a su dormitorio:
‒Ana, que ya está, corre.
Y Ana corre a ver las llamas rezumando erguidas y orgullosas, invadiendo rincones, alterando la quietud de los muebles. Las llamas alargan su cuello para divisar el sol que divisan al final de la chimenea. Su hermano viste un jersey de cuello cisne y sonríe al ver aparecer a Ana.
‒ve a ponerte las zapatillas antes de que venga mamá‒la dice‒ No, mejor vístete y ponte muy guapa porque nos van a hacer una foto.
‒Con Mora, ¿vale?
‒Vale.
Sus padres cuchichean en la cocina y Ana se cubre la cabeza con la sábana, no quiere escucharlos, solo quiere que su hermano la llame para ir juntos al corral después de ver un rato las llamas y escuchar su atropellado relato de bosques talados y lobos descubiertos.
‒¡Cuanto tarda hoy mi hermano!
Su hermano se ha puesto el traje y ella un vestido nuevo de terciopelo. Mora mordisquea pienso en su cuadra, descorren el cerrojo y dejan salir al animal. La mansa burrita agradece con suaves caricias la inesperada libertad.
‒Sólo falta el fotógrafo‒dice el hermano‒voy a buscarlo.
Se desliza por la puerta trasera que da a una carretera estrecha sin andén. El autobús se acerca, un pasajero pregunta al conductor por una calle.
‒Date prisa‒grita Ana a su hermano.
El hermano corre, ha visto al hombre con la cámara al otro lado de la carretera.
La hermana queda esperando en el corral acompañada por una burrita que llora en silencio.
La madre entra en el cuarto de la niña.
‒Ana, ¿Hoy tampoco te levantarás?
La niña no responde, solo mira la foto que nunca existió.

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