Literautas - Tu escuela de escritura

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Lo que los otros sabían de mí. - por Marianela MarínR.

Aunque la mañana era fresca, empezaba a sentir la calidez de los rayos del sol, que le llegaban por el hueco donde un día estuvo el tejado de la casa. Los haces de luz hacían visibles las finas partículas de polvo y cenizas suspendidas en el aire, que se agitaron rápidamente a su paso. El olor a humo y a madera quemada le inundó los pulmones.

Restos carbonizados se deshicieron en pequeños trozos de madera, tras recibir un puntapié. Apenas se podía distinguir a qué correspondía cada fragmento. Tal vez la mesita, una silla o el armazón del sofá. Un leve reflejo metálico llamó su atención. Se agachó para intentar comprobar qué era. Estaba medio encajado en un hueco de la pared. Tras el incendio, había perdido aquello que lo tapaba y ahora había quedado al descubierto. Se arrodilló y, al apartar algunas cosas, se terminó de desmoronar parte de la pared, lo que le permitió cogerlo sin dificultad. Se trataba de una pequeña caja de metal.

Tomó la caja entre sus manos y le dio varias vueltas, intentando averiguar qué podría contener. Estaba cerrada y no cedió cuando intentó forzarla. Tal vez la llave no estuviera lejos. Rebuscó alrededor manchándose con las cenizas del suelo, pero no hubo suerte. Encontró una pequeña pieza larga de metal, que utilizó para apalancar y forzar la cerradura, que cedió sin mucho esfuerzo.

La caja contenía algunos objetos pequeños, una figurita que podría ser parte de un belén, una polvera que todavía conservaba intacto el espejo y numerosas fotografías antiguas.

Empezó a revisar las fotografías. La mayoría habían conseguido resistir al fuego, aunque algunas tenían los bordes oscurecidos y otras estaban algo deterioradas. En general, se podían reconocer las imágenes. En algunas estaba su tía abuela con sus abuelos y en otras con varias mujeres en la puerta de una iglesia. Había unas pocas en las que no pudo reconocer a nadie. Le resultó extraño porque cuando era niño, su tía abuela le decía que apenas conservaba fotografías familiares.

Pero de repente, no pudo dejar de mirar fijamente la que ahora tenía entre sus manos. Le costaba respirar. Sujetaba la fotografía con fuerza como si se le fuera a escapar, aunque le temblaban las manos. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo dejándolo clavado al suelo.

En la imagen se veía un hombre joven detrás de un mostrador. Había piezas de carne ensartadas, que colgaban de ganchos del techo. Una de sus manos estaba sobre un hacha clavada en una pieza de carne, sobre un tajo de madera. El mandil tenía manchas de sangre. Y su rostro… No podía dejar de mirar su rostro. Cogió la pequeña polvera y la abrió para mirar su reflejo en el espejo, incrédulo por el indiscutible parecido con el protagonista de la fotografía. Y volvió a mirar la fotografía buscando cerciorarse de que el rostro era el suyo.

El rostro de ese hombre era como el suyo, pero él jamás había trabajado en una carnicería. ¿Cómo podía aparecer él en la fotografía? ¿Acaso no lo recordaba?

Se dejó caer en el suelo con la pequeña polvera en una mano y la fotografía en la otra. Entonces lo entendió todo. Comprendió por qué siempre en su familia le habían mirado con desconfianza. Cómo sentía que les dolía sostenerle la mirada. Se les quebraba el habla cuando le veían en la cocina con un cuchillo en la mano, o al levantar el hacha para cortar leña en el patio de la casa. En realidad, no le estaban viendo a él, veían al hombre de la fotografía.

Recordó la historia que contaban en las reuniones familiares, cuando creían que no escuchaba. La del hijo de su tía abuela que un día desapareció y no volvió a saberse nunca más de él. Él fue el hombre del que siempre se sospechó por aquel siniestro crimen. Por la muerte de aquella mujer, que apareció atravesada por una de las hachas de su carnicería.

En todos estos años, nadie se había atrevido a explicarle por qué mirarle a él, les hacía enmudecer. Las frases se dejaban a medio terminar con un silencio que vaciaba las voces. Les dolía por la oscura ausencia que dejó aquel hombre y les avergonzaba por la sospecha que inundó todo el pueblo, sobre el motivo de su huida. Las miradas esquivas y frías que recibía, en realidad no tenían que ver con él.

El de la fotografía no era él, pero era como él.

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