<< Volver a la lista de textos
LA FOTO DE ARCHIVO - por Jisaen+18
Ya no importaba si era sábado o miércoles: el crimen nunca descansa; la policía, sí. Fue la primera conclusión a la que Javier había llegado desde que empezó su vida como infiltrado. A esas cosas dedicaba las mañanas: una ducha rápida, un desayuno ligero y a pensar. Pero esa mañana no hubo desayuno ligero. Antes de salir, corroboró en el calendario: «Cumpleaños del abuelo».
El encuentro sería en tal café, a las ocho y media como había acordado en la reunión anterior. Cuando llegó, el Abuelo ya lo estaba. Se saludaron como parientes que no se habían visto hacía mucho. El Abuelo lo invitó a sentarse y le entregó un diario del día.
—Página nueve.
Era la sección policial. El encabezado denunciaba otro caso de corrupción. Abajo, en una nota de un cuarto de página: «CAPO LIBERADO TRAS DIEZ AÑOS DE PRISIÓN».
—Lo sé. Sale hoy mismo. Es parte del plan.
Javier comenzó a informar sobre las actividades recientes, pero el Abuelo lo detuvo con una mano y, con la otra, señaló la fotografía que acompañaba la nota.
Aparecía el capo esposado fuera de la jefatura policial, rodeado de altos mandos policiales y políticos. En la esquina inferior izquierda había un joven policía uniformado, ajeno al acontecimiento, que caminaba llevando documentos.
—¿Lo reconoces?
Javier examinó la imagen. De inmediato, un escalofrío le recorrió la espalda.
—Soy yo.
Concluyeron que se trataba de una fotografía de archivo que el periódico no había usado antes. Luego verificaron que la foto no aparecía en la versión digital del diario.
Antes de marcharse, Javier volvió a mirarla. Estaba más delgado y con el cabello más corto. Pero era evidente que se trataba de él.
En la casa, se movió rápidamente. Saludaba, comprobando si alguien tenía un ejemplar del periódico. Antes de llegar, había pasado por los quioscos cercanos y comprado todos los ejemplares para destruirlos.
En cuatro años, apenas había visto a algún miembro leer una historieta. El peligro eran el jefe, Víctor y Carlos, los otros dos hombres de confianza.
Media hora después, el jefe llegó acompañado de Víctor, que entre sus cosas llevaba un diario. Johnny se lo pidió, pero este no le hizo caso y entró al baño.
Durante el resto de la mañana, Johnny impidió que la gente se acercara a la oficina. Conversaba, los entretenía, hacía bromas, buscaba ejemplares del diario, observaba sus expresiones.
Al mediodía, el jefe ordenó que iría a su restaurante favorito. Johnny le dijo que ya tenía la cámara de video para grabar el reencuentro y el abrazo entre padre, hijo y los dos hombres de confianza: el antiguo círculo íntimo de la organización.
Hasta ayer, había pensado en cómo ganarse la confianza del capo e iniciar el último paso decisivo de la operación.
Víctor se sentó atrás, junto al jefe. Javier conducía y Carlos iba de copiloto. En el trayecto hablaron de las próximas operaciones mientras en los semáforos, Javier ahuyentaba a los vendedores ambulantes, especialmente a los que vendían periódicos.
El restaurante estaba lleno de hampones. Comían, fumaban, bebían y algunos leían. Cuando llegaron, todos se pusieron de pie para saludar al jefe.
En la cocina encontró otro ejemplar. Los tomó y fue al baño. Buscó la foto, hizo pedazos la hoja y los tiró por el inodoro. Pero no todo se perdió. Volvió a tirar de la cadena y quedó un pequeño cuadrito en el que quizá todavía se veía parte de su rostro.
Lo recogió, hizo una bolita con el fragmento y la arrojó al tacho. Mientras pensaba que todo aquello era ridículo. Pensó en lo inutilidad de huir.
Encendió un cigarrillo, se miró en el espejo y mojó su rostro. Comprendió que, a esa hora, el problema ya no era la fotografía, sino quienes la habían visto. Quizá alguien, en algún lugar de la ciudad, ya había unido las piezas. Entonces se atrevió a pensar en las consecuencias. No lo acabarían inmediatamente. Lo torturarían por semanas, mientras lo iban obligando a confesar todo.
Recordó cosas que había visto. Recordó a Víctor cortando el rostro de un sospechoso como si fuera un jamón, sacando capa tras capa de carne.
Cuando llegaron, no había periodistas. «Ver fallar al sistema no vende muchos diarios», pensó Javier. Esperaron una larga media hora hasta que el portón se abrió y apareció el capo, cargando solo una mochila y un diario. Javier encendió la cámara y se dispuso a bajar del auto cuando sintió que el cañón de la pistola de Víctor le empujaba la nuca.
Comentarios (0)