Esta temporada he estado releyendo algunos clásicos y, entre ellos, he vuelto a mi querida Jane Austen. He disfrutado otra vez de las idas y venidas entre Elizabeth Bennet y Mr. Darcy, así como de la contención emocional de Elinor Dashwood, pero también me he acercado a sus novelas con una mirada distinta a la que tenía cuando las leí por primera vez. Más afilada, quizá. Más consciente del oficio.
Y aquí va una pequeña herejía, dicha desde el cariño: si Orgullo y prejuicio llegara hoy a una editorial tal y como fue escrita, sin el nombre de Jane Austen en la portada, es muy probable que recibiera más de una nota de edición.
No porque la historia no funcione. Tiene una estructura sólida, tensión romántica, malentendidos, ironía, transformación de personaje y una de las parejas más recordadas de la literatura. Pero la narrativa ha cambiado mucho en doscientos años. Tal vez por influencia del audiovisual o por nuestros propios hábitos de lectura, hoy tendemos a pedirle otra cosa a un libro: más escena presente y menos explicación, más inmediatez. El tan manido «mostrar en lugar de contar».
Aunque en las novelas de Austen sí hay escenas mostradas desde el presente, la autora tiende a resumir o explicar muchos otras, algunas incluso siendo puntos clave en la historia. Concretamente, vamos a fijarnos en uno de los momentos culminantes del arco romántico de Orgullo y prejuicio: la segunda declaración de Darcy, que se queda en algo tal que así:
📖 Fragmento de Orgullo y prejuicio, de Jane Austen:
—Usted es demasiado generosa para jugar con mis sentimientos. Si los suyos siguen siendo los mismos del pasado abril, dígamelo enseguida. Mi afecto y mis deseos no han cambiado, pero una palabra suya me silenciará para siempre.
Elizabeth, comprendiendo que el joven estaba en vilo, se obligó a responder; e, inmediatamente, aunque sin la fluidez deseable, le dio a entender que sus sentimientos habían experimentado un cambio tan sustancial desde la primavera pasada que no podía sino recibir con gratitud y gozo su declaración.
Y ya está.
Austen no nos da una gran respuesta de Elizabeth en diálogo directo. No nos deja escuchar exactamente qué dice, ni cómo lo dice, ni cuánto tarda en encontrar las palabras, ni qué pasa con sus miradas, ni qué sienten los personajes en ese preciso instante. Nos cuenta que Elizabeth «le dio a entender» que sus sentimientos habían cambiado. Es decir, resuelve el momento mediante un resumen narrativo.
Esto, en una novela escrita hoy, llamaría mucho la atención. A una autora actual probablemente se le pediría que se detuviera en ese instante: que dejara hablar a Elizabeth, que mostrara la reacción de Darcy, que hiciera visible la tensión acumulada entre los dos, que convirtiera ese cambio emocional en una escena presente.
Precisamente por eso el ejemplo resulta tan interesante para quienes escribimos hoy. Nos permite hacernos una pregunta: ¿qué momentos de nuestra historia conviene resumir y cuáles necesitan ser vividos en escena?
A partir de esta reflexión, mientras leía la novela, se me ocurrió un ejercicio de escritura que quiero compartir con vosotros:
¿Te atreves a reescribir este fragmento como si la escena se escribiera hoy?
No se trata de “mejorar” a Jane Austen, sino de practicar una decisión narrativa distinta, contando la escena de una forma más vívida, desde una sensibilidad narrativa actual.
¿Cómo sería ese instante entre Elizabeth y Darcy si pudiéramos escuchar la respuesta de ella? ¿Qué diría? ¿Qué callaría? ¿Dónde pondrías las pausas, los gestos, las dudas?
Si te animas a intentarlo, puedes dejar tu versión en los comentarios para que veamos distintas formas de resolver la misma escena. Y si quieres leer el resultado de mi propio ejercicio, lo tienes en este enlace.
Espero que os haya gustado la propuesta. Recordad que podéis estar al tanto de las nuevas publicaciones de Literautas a través del boletín quincenal y de nuestro canal de WhatsApp.
¡Feliz escritura!
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