Hoy quiero hablaros de uno de mis temas favoritos: los diálogos. Concretamente, de los verbos dicendi —también llamados verbos de habla—, que son los que expresan que un personaje está diciendo algo y de qué manera lo hace. Hablamos de verbos como «dijo», «preguntó», «respondió», «comentó» o «susurró», que suelen aparecer en las acotaciones.
¿Y qué son las acotaciones? Son las intervenciones del narrador durante los diálogos y que suelen ir introducidas por una raya (—).

Aclarado esto, vamos con el tema en cuestión. Seguro que estarás de acuerdo conmigo en que los diálogos son una parte fundamental de muchas historias. Nos acercan a los personajes, nos permiten sentir de una forma más directa lo que sucede en la escena y ayudan al ritmo de la narración… pero también pueden darnos muchísimos quebraderos de cabeza, especialmente cuando cada personaje debe tener su propia voz o cuando tenemos que pelearnos con los dichosos verbos dicendi.
El problema es que, si recurrimos constantemente a «dijo», las acotaciones pueden resultar mecánicas y repetitivas, hasta hacerse demasiado visibles para el lector. Así que la solución parece sencilla: utilizar otros verbos. Verbos que, además de indicarnos quién habla, aportan información sobre la forma en que el personaje pronuncia sus palabras. No es lo mismo decir algo que susurrarlo, gritarlo o suplicarlo. Hasta aquí, todo bien. El problema aparece cuando intentamos sacarles demasiado partido.
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Si queremos evitar el «dijo» buscando una alternativa distinta cada vez, podemos acabar convirtiendo el diálogo en un catálogo de verbos del habla: comenta, responde, replica, exclama, masculla, sentencia, espeta, vocifera…
Además, estos verbos llaman mucho más la atención que un simple «dijo», así que terminan interrumpiendo la fluidez del diálogo y desviando el foco de lo verdaderamente importante: lo que los personajes están diciendo.
Entonces, ¿cuál es la solución? Vamos a verlo:
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En primer lugar, recuerda que «dijo» no es el enemigo. Muchos escritores se esfuerzan por evitarlo porque tienen la sensación de que queda pobre o de que se repite demasiado. Pero piensa en lo que ocurre cuando lees una novela. ¿Cuántas veces te has detenido ante un «dijo Marta» pensando: «Otra vez ha usado el verbo decir»? Seguramente, muy pocas.
El verbo decir es tan neutro y estamos tan acostumbrados a verlo en los diálogos que casi se vuelve invisible. Así que úsalo sin miedo y sustitúyelo solo cuando sea necesario, cuando el nuevo verbo aporte una información relevante.
Por ejemplo, imagina el siguiente diálogo entre dos personajes:
—Tenemos que marcharnos —anunció Pedro.
—No pienso ir contigo —contestó Marta.
—No puedes quedarte aquí —añadió él.
—Claro que puedo —aseveró ella.
—Vale, haz lo que quieras —respondió él.
—Pues eso haré —gritó Marta.
No hay nada incorrecto en estos verbos por separado. El problema es la acumulación. El narrador parece empeñado en indicarnos a cada momento cómo debemos interpretar las intervenciones y los verbos empiezan a llamar más la atención que el propio diálogo.
Además, ninguno de ellos aporta aquí una información realmente necesaria, como sí podría hacerlo un «gritó» o un «susurró» en determinados contextos. Podríamos sustituir algunos por «dijo» para rebajar su presencia. Veamos qué ocurre:
—Tenemos que marcharnos —dijo Pedro.
—No pienso ir contigo —contestó Marta.
—No puedes quedarte aquí —añadió él.
—Claro que puedo —dijo ella.
—Vale, haz lo que quieras —respondió él.
—¡Pues eso haré! —gritó Marta.
Como ves, sigue sin funcionar. El ritmo resulta monótono y tantas acotaciones continúan interrumpiendo el diálogo. Casi molestan más de lo que ayudan. Y es que el problema no estaba únicamente en los verbos que habíamos elegido, sino también en la cantidad de acotaciones. Como suele ocurrir en escritura, la clave está en el equilibrio.
Así que veamos algunos trucos para conseguir que un diálogo y sus verbos dicendi funcionen:
En primer lugar, hazte una pregunta muy sencilla: ¿este verbo aporta algo que necesito contar o solo lo estoy usando para no repetir «dijo»? Si la respuesta es lo segundo, probablemente puedas prescindir de él.
Después, revisa una a una las líneas del diálogo y analiza qué acotaciones son realmente necesarias y cuáles puedes eliminar sin que el lector deje de entender qué ocurre o quién está hablando.
También puedes aprovechar el propio diálogo para dar algunas pistas. Por ejemplo, un vocativo puede ayudarnos a identificar al interlocutor. Si en la primera línea Pedro dice «Marta, tenemos que marcharnos», en la siguiente ya no será necesario añadir acotación, porque el lector puede deducir que es Marta quien responde.
Del mismo modo, los signos de exclamación pueden transmitir por sí solos parte de la intensidad de una frase y evitar que tengamos que añadir «gritó» o «exclamó».
Si aplicamos estos trucos al diálogo anterior, podríamos dejarlo así:
—Marta, tenemos que marcharnos —dijo Pedro.
—No pienso ir contigo.
—No puedes quedarte aquí.
—Claro que puedo.
—Vale, haz lo que quieras.
—¡Pues eso haré!
Mucho más limpio, ¿verdad? Pero ojo: tampoco se trata de eliminar todas las acotaciones sí o sí. Las intervenciones del narrador, bien utilizadas, nos ayudan a regular el ritmo, a crear atmósfera y a darle forma a la escena. No tienen por qué limitarse a un «dijo Pedro» que nos explique quién habla. También pueden mostrarnos lo que hacen los personajes mientras conversan, introducir pequeños gestos, silencios, reacciones o detalles del entorno.
Vamos a darle una vuelta más:
—Marta, tenemos que marcharnos —dijo Pedro.
—No pienso ir contigo.
Pedro se acercó a la ventana y apartó la cortina. No vio a nadie, pero eso no consiguió tranquilizarlo.
—No puedes quedarte aquí.
—Claro que puedo —dijo ella sin dejar de doblar la ropa.
Pedro dejó caer la cortina y se colgó la bolsa al hombro.
—Vale. Haz lo que quieras.
—¡Pues eso haré!
Ahora las intervenciones del narrador no están ahí únicamente para decirnos quién habla. También nos muestran qué hacen los personajes, cómo reaccionan y qué tensión existe entre ellos. Le dan cuerpo a la escena.
Eso sí, aquí vuelve a aparecer la misma disyuntiva: no hay que sustituir un exceso de verbos dicendi por un exceso de gestos. Si todos los personajes suspiran, miran por la ventana, fruncen el ceño o se pasan la mano por el pelo antes de hablar, simplemente habremos cambiado un problema por otro.
Como siempre, busca el equilibrio y, sobre todo, intenta que cada frase que añadas al diálogo aporte algo, que tenga una función. Si puedes eliminarla sin que cambien el sentido, el ritmo o la atmósfera de la escena, probablemente sobra.
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Conclusiones
En resumen, los verbos dicendi son una herramienta muy útil porque nos permiten saber quién habla y, cuando hace falta, añadir información sobre cómo lo hace. Pero no están ahí para demostrar lo amplio que es nuestro vocabulario ni para competir con el propio diálogo. Lo importante es que ayuden a que la escena fluya.
¿Y vosotros? ¿Sois de los que repetís «dijo» sin miedo o todavía os entra la tentación de abrir el diccionario de sinónimos cada vez que habla un personaje?
¡Feliz escritura!
Ccomentarios (1):
Troncoso
07/10/2026 a las 15:05
Muy ilustrativo el texto, y refuerza en mí la idea de no siempre abusar del «dijo», sin embargo, lo hacía dudando si era correcto o no. Muchas gracias, esto me ayudará mucho en mis intentos de contar historias.